EL SHOW: ¿DEBE CONTINUAR?

 

Asistir a la mujer como gineco-obstetra en uno de los momentos biológicos más sublimes del ser humano como lo es el nacimiento de un hijo, ha dado lugar a que bajo el pretexto de que como un nacimiento  es algo normal y no una enfermedad, tengamos que permitir  en la sala de partos o el quirófano, la presencia de personas que incluso en ocasiones no tienen ninguna relación con el esperado evento.

 

Muchas parejas basan su decisión de atenderse con determinado ginecólogo o en determinado hospital en el hecho de que se permita o no la entrada a la sala de partos al padre del bebe que está por nacer y es así que vemos pulular  en el área de quirófanos de los hospitales a todo tipo de gente extraña  portando cámaras de video que en muchas ocasiones crean un ambiente tenso e incomodan a algunos colegas. En algunos casos se ha prestado incluso para hacer un negocio disfrazado al cobrar el derecho de entrar a sala, a cambio de un uniforme quirúrgico desechable vendido en probablemente diez veces su valor real.

 

No hace muchos años, los partos se atendían en el propio domicilio de la pareja, no en los hospitales (tendencia que por cierto está tratando de recuperarse en algunos países europeos). ¿Recuerda el lector las escenas de las películas antiguas? El parto lo atendían las parteras o el médico de la familia; siempre pedían una palangana con agua hervida y toallas limpias y el padre de la criatura parecía que más bien estorbaba; tenía que esperar afuera de la habitación y cada vez que salía la partera para pedir algo le preguntaba nervioso: ¿ya? y la respuesta no se hacía esperar: “no seas impaciente, ya falta poco”…. Pero esos eran otros tiempos.

 

En nuestros días, la información es un signo. Quien está informado se enfrenta al mundo en una condición de ventaja. La gente busca información de todo cuanto le afecta y la rodea y la oferta de fuentes de información es muy amplia. Hoy en día, la pareja que vive un embarazo, puede obtener información al respecto en cursos de preparación para la gestación y el nacimiento, a través de Internet o hasta en documentales televisivos (extranjeros) que exponen profunda y explícitamente todo lo relacionado con el proceso de gestación y el nacimiento; como si fuera posible siempre y en todos los lugares,  se muestran al público desde “partos en el agua”, hasta las famosas salas LER (labor, expulsión y recuperación) en las que  a la manera de un espectáculo, presencian el nacimiento todos los familiares: el esposo, los hijos previos de la pareja, la tía preferida de la mujer y hasta la suegra.  Sin embargo, una cosa es contar con información de calidad y otra muy distinta es saber procesar esa información de una manera inteligente, sin pretender que en todos los casos se aplique de la misma forma.

 

Ciertamente, el presenciar como padre el nacimiento de nuestros hijos es una emoción difícil de describir que queda grabada para siempre y que para muchas mujeres representa por lo menos el apoyo moral de la pareja en un momento final y generalmente feliz, pero físicamente doloroso. ¿Cambia en algo la relación de pareja antes y después de que el padre presencia el parto? Según algunos expertos, la presencia del padre en la sala de partos, fomenta la integración familiar y hace que el hombre entienda mejor a la mujer e incluso después se muestre más cooperador y accesible para la crianza de los hijos.

 

Pero…...si algo llega a fallar, (una malformación no detectada previamente, una depresión respiratoria del recién nacido, un acretismo placentario o una hemorragia por atonía uterina, etc.) la maravillosa experiencia de presenciar el nacimiento de un hijo, puede convertirse en la más espantosa pesadilla de la cual en ocasiones se cuenta incluso con un documento gráfico que potencialmente es una arma legal. No se trata de que los médicos escondamos lo que hacemos en un quirófano, nadie sensato quiere que se presenten complicaciones, pero éstas suceden y al final el único responsable es el director de la “orquesta quirúrgica”, es decir, el ginecólogo que sin saberlo permitió la entrada al quirófano de quien puede convertirse en su peor enemigo.

 

¿Y que pasa en hospitales públicos?, en ellos no se permite el acceso a quirófano a ningún familiar; ¿acaso estas mujeres son diferentes?, ¿no necesitan ellas la presencia de su pareja en esos momentos “difíciles”? desafortunadamente, llegamos a la mercantil conclusión de que también en lo relacionado con la atención médica,  “el que paga manda”.

 

¿Que conducta debemos adoptar los ginecólogos? ¿Dejamos entrar indiscriminadamente a nuestra área de trabajo a quien así lo solicite y en cualquier situación? ó ¿Restringimos la entrada, de tal manera que no se permita a nadie presenciar el nacimiento?  Si  dejamos entrar a quien lo solicite, es probable que no pase mucho tiempo en que nos veamos metidos en algún problema legal, por más cuidadosos que seamos. Si no dejamos entrar ni al padre del bebe, es probable que en poco tiempo nos quedemos sin pacientes por no seguir la moda. Como en muchas otras situaciones relacionadas con la practica de nuestra especialidad tenemos “la espada de Damocles sobre nosotros”.

 

La solución no está en los extremos, debemos situarnos en un punto intermedio. No podemos negarle a un padre la oportunidad de estar presente en el nacimiento de sus hijos, a no ser que con los datos disponibles del caso en cuestión  estemos previendo alguna complicación en el quirófano; por ello, la comunicación con la pareja y la relación médico-paciente deben ser una prioridad en nuestros consultorios, sobre todo si tenemos presente que muchos casos, por no decir la mayoría, de las demandas médico-legales se deben a una falta de comunicación; los pacientes se quejan de que el médico no les explicó lo suficiente o no les informó a tiempo de lo que podrían esperar y para poder dar una información adecuada, debemos contar con los métodos diagnósticos suficientes para cada caso echando mano de dos elementos simples pero imprescindibles en la consulta: el criterio clínico y el sentido común. Legalmente tenemos que respaldarnos en un documento y para ello nada mejor que el consentimiento informado, sin embargo para que este documento funcione no debe ser redactado por nosotros mismos, ojalá existieran formatos autorizados por la secretaría de salud y elaborados por las asociaciones y los consejos médicos.

 

 

 

Dr. Julio F. de la Jara Díaz